Muchas veces hay etapas en tu vida en las que solo te ciñes al mal tiempo. No puedes ver que hay algo detrás de toda tormenta. Y como en toda agitada adolescencia, tuve mi época de mal estar.
Bajé mis notas, empeoré mi comportamiento, y por tonterías empiezas a seguir lo que la sociedad demanda. Es algo que en ese momento no lo ves, pero que comienzas a querer “ir a la onda” por todo remedio.
Es gracioso recordar ahora esos momentos de pasividad total, no te importaba nada, solo tú y tu mundo. Es difícil para los educadores de ciertas edades el llevar un camino de aprendizaje con tantos obstáculos. Cabe recordar, a mi profesora de violonchelo. Tuvo la mañana de hacerme ver el porqué de las cosas, para así darles la importancia que tienen. Día a día no tiraba la toalla cuando veía que no hacía mis obligaciones y con gran esfuerzo conseguía sacar lo mejor de mí. Otro gran papel es el que desempeña la familia, porque al ser los más cercanos a tu ámbito, son los que siempre tragan con lo peor.
De todo ello aprendí, que “detrás de la tormenta, siempre sale el sol” Nunca es tarde para cambiar, hay que aprender de los errores y continuar hacía delante evitando tropezar otra vez. No es malo equivocarse, y pese estar cegados en que no hay más allá que lo que un mismo ve, hay que quitarse esa venda que te hace verlo todo oscuro y seguir caminando conforme pasan los días.
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